H. OSAWA en MADRID

   Pensar en sentaros, porque esto de hoy va para largo.

   Más de diez horas de viaje para poder acudir al curso del maestro Osawa dan para mucha lectura. Así, pues, me pertreché para la ocasión, y nada más comenzar el viaje, me encontré, por casualidad, leyendo una de esas famosas charlas TED de divulgación, en la que Daniel Kahneman -Muy mal tienen que estar las cosas, en general, para que a un psicólogo le den un premio Nobel de economía- explicaba, o trataba de hacerlo, sobre como en nuestro cerebro gobiernan dos entidades distintas: El "yo" que tiene experiencias y el "yo" que recuerda. Y del problema que nos surge, al buscar la felicidad, cada uno a su manera.

   Para resumir, os diré que el yo que tiene experiencias, solo vive el presente y puede ser feliz entre la monotonía de las cosas simples o repetitivas pero que nos gustan, como leer en el autobús durante diez horas. Esta felicidad, del momento, solo dura tres segundos, pasando entonces al mundo de los recuerdos.  

   Pero ¡Ay, amigos!, ahí está esperándole el otro yo, el que recuerda, el que lleva el relato lineal de nuestra existencia, y rechaza la monotonía de plano. Porque necesita, se alimenta, de nuevas historias para narrar, y para ello no duda en mentir, alterar o
ignorar, si es preciso, la realidad. Ella se encarga de tomar la iniciativa de nuestros actos (Recordad que no están basadas en las experiencias, sino sobre los recuerdos, y que pueden estar muy sesgados), y nuestro yo de las experiencias sufre las consecuencias. Para colmo, nuestros relatos están muy sesgados por el final de las historias. No importan las penurias que hayamos sufrido, si se dulcifican al término de la narración.

   Entonces cual impersonal, clarividente, a la vez que etéreo e impreciso oráculo (o koan) una chispa de luz se iluminó en mi interior y me inspiró para la comprensión de las cosas de la vida, y por ende, también del aikido. Comprendí, de repente, muchas de las cosas que nos ocurren en el aikido, mas concretamente, cuando acudimos a los cursos de aikido.

   --No nos gusta entrenar, sino que nos gusta haber entrenado--

   Que no nos gobierna el yo de la experiencia, está fuera de toda duda. Pues esta, la experiencia, nos resulta penosa. Se mire como se mire. Al cansancio del viaje hay que sumarle la frustración al no ser capaces de asimilar las nuevas propuestas para los ejercicios de base, en las que el cuerpo no termina de obedecemos. Nos cuesta comprender las nuevas interpretaciones para los gestos, las nuevas formas...  Nos cuesta explorar nuevos mundos. Repetimos ikkyo bajo nuevas miradas, mientras notamos como nos destrozan los brazos. Con nikyo el destrozo se desplaza más lejos, a las muñecas. Con iriminage nos damos cuenta que cada vez caemos peor. Y, cuando llegamos al kotegaeshi, tomamos conciencia de todo lo anterior a la vez. La experiencia es mala, deplorable en ocasiones; pero el recuerdo, ¡Ah, el recuerdo! Que bien se lo pasa con tanta novedad. ¿Pero, dónde están esos recuerdos tan gratao que nos motivan tanto para volver?
   Nuestro yo que recuerda se llena de nuevas experiencias para mantener emocionante el relato. Descubrir nuevas respuestas para nuevas situaciones mientras practicamos con gente nueva, socializamos en el tatami y de postre en el bar.
   Además, la terminación es apoteósicamente de manual. Concluimos el entrenamiento con unos últimos minutos suaves y relajados, sin prisa, tomamos una cerveza mientras charlamos y comentamos las novedades del curso, y volvemos a casa, con nuestros seres queridos. Es el ideal de nuestro yo que quiere nuevas experiencias, y que terminen lo mejor posible, para alimentar el guión de nuestra historia, y nos va a obligar a regresar, a pesar del sufrimiento, en contra de lo que le dice la experiencia, a por más.
 -Desde aquí un recuerdo para Paco, que sufrió el reverso tenebroso de toda esta historia. Ánimo y a reírse de la vida-.



   La paradoja de todo esto, es que esto, lo escribe mi parte que recuerda. La que es capaz de manipular y mentir si es preciso, no la de la experiencia. Claro que si le preguntásemos a ella por nuestro grado de felicidad -Como solo sabe vivir el presente- lo normal será que nos conteste. -¡No me gusta escribir! Porque el yo que recuerda, a su vez, lo tiene también muy claro. -¡Me encanta la satisfacción de haber escrito!
   O quizás, todo esto no sea más que otra mentira, bien hilvanada, eso sí, por el poder de persuasión de la retórica. O no.

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